(Traducción de A.Esponera Cerdán sobre la edición crítica publicada por P.-B.Hodel en Mirificus Praedicator. À l’occasion du Sixième Centenaire du passage de Saint Vicent Ferrir en pays romand. Actes du Colloque d’Estavayer-le-Lac. 7-9 octobre 2004. Roma 2006, 200-203)

Al Reverendísimo Padre en Cristo, fray Juan de Puinoix, Maestro General de la Orden de Predicadores.

Reverendísimo Maestro y Padre:

A causa de las innumerables ocupaciones que he tenido, me ha sido imposible escribir a Vuestra Reverencia como correspondía. Pues, verdaderamente, desde que salí de Romans hasta este mismo momento he tenido que predicar diariamente a las gentes que acudían de todas partes. Y con muchísima frecuencia he tenido que predicar dos veces al día y, en ocasiones, hasta tres y además celebrar solemnemente la Misa cantada. Por todo ello apenas me queda tiempo para viajar, comer, dormir y otros menesteres. Es más, me veo obligado a preparar mis sermones mientras voy de camino. Con todo eso, porque la falta de escribir no se me impute como negligencia o poco aprecio, he procurado ir hurtando algún tiempo a lo largo de muchos días, semanas y meses, entre tantas ocupaciones, para por lo menos escribiros brevemente del camino que he hecho.

Sepa, pues, Vuestra Paternidad Reverendísima cómo después que salí de Romans, donde me dejó, estuve tres meses más en el Delfinado predicando la Palabra de Dios por aquellas ciudades, fortalezas y villas en las que aún no había estado. Visité principalmente aquellos tres famosos valles de herejes de la diócesis de Embrum, llamados Lucerna, Argentina y Val Pura, antes impura. Ya los había visitado dos o tres veces, cuando, por la gracia de Dios, con devoción y veneración grande recibieron la doctrina de la verdad católica. Pero para confirmarlos más en la fe y darles consuelo, les quise visitar nuevamente.

Hecho esto, rogado e instado por muchos, tanto de palabra como por escrito, pasé a Lombardía, donde por espacio de un año y un mes prediqué continuamente en todas las ciudades, villas y fortalezas de vuestra obediencia y aún en otros, como en los territorios del marqués de Monferrato ante sus instancias y ruegos, así como de los suyos. En estas regiones ultramontanas hallé varios valles de herejes, tanto valdenses como perversos cátaros, principalmente en la diócesis de Turín, cuyas regiones visité una a una por su orden, predicando en cada una la fe y la doctrina de la verdad católica y refutando sus errores. Y por la misericordia de Dios recibieron la verdad de la fe muy de corazón y con gran devoción y reverencia, cooperando el Señor y confirmando mi predicación.

La causa principal que hallé en ellos de sus herejías y errores era la falta de predicación. Pues supe con certeza de aquellos moradores que en treinta años nadie les había predicado, a no ser los herejes valdenses de Puglia que tenían por costumbre visitarles dos veces al año. Por eso considerad, Reverendísimo Maestro, cuánta sea la culpa de los Prelados de la Iglesia y de otros, a quienes por su oficio o profesión incumbe predicarles y prefieren más bien quedarse en las grandes ciudades y villas, permaneciendo en hermosas habitaciones, con sus deleites. Y entre tanto las almas, por cuya salvación murió Cristo, perecen por falta de pasto espiritual, no hallándose quien parta el pan a los pequeñuelos. La mies es mucha, pero los obreros pocos, y así ruego al dueño de le mies, que envíe obreros a su mies.

Puedo señalarle que cierto Obispo de los herejes, que encontré en uno de aquellos valles, llamado Loforio, quiso hablar en secreto conmigo y se convirtió. También de las escuelas de los valdenses que hallé y destruí en Val d’Angrogne; también, de los herejes cátaros de Val del Ponte, cómo se convirtieron de sus abominaciones; también, de los herejes del Val de Lanzo, o de Quino, donde se refugiaron los que mataron al Beato Pedro Mártir [de Ruffía], cómo se portaron tan bien conmigo. Así mismo de cómo se apaciguaron los bandos de Güelfos y Gibelinos, de la confederación y paz general en aquellas regiones, y de otras innumerables cosas que el Señor se ha dignado obrar para gloria suya y bien de las almas, que callo ahora, pero en todo sea bendito Dios.

Transcurridos trece meses continuos en Lombardía, hace ya como cinco meses que entré en Saboya, a repetidas instancias de los prelados y señores del lugar, siendo recibido con gran afecto. He visitado ya cuatro diócesis, esto es: la de Aosta, la de Tarantaise, la de Saint Jean Maurienne y la de Grenoble, con muchos territorios en Saboya. Las he recorrido predicando en las ciudades, villas y fortalezas, dedicándoles más o menos tiempo según me parecía necesario, y ahora me hallo en la diócesis de Ginebra.

En estas partes, entre otras cosas enormes que encontré fue un error muy extendido; y era que cada año, al otro día del Corpus Christi, hacían fiesta solemne teniendo cofradías con el nombre de San Oriente. Me dijeron nuestros frailes, y los Franciscanos y otros religiosos y también los curas, que no se atrevían ya a predicar o decir algo contra este error por miedo, porque los amenazaban de muerte, y les substraían las ofrendas y las limosnas. Ahora contra este error insisto principalmente, predicado cada día cooperando el Señor y confirmando mi predicación, y así se va extirpando eficazmente, y acuden doloridas las gentes, oyendo que tan enormemente habían errado en la fe. Cuando por la gracia de Dios próximamente se haya extirpado este error, entraré en la diócesis de Lausana, en donde comúnmente y de modo manifiesto adoran al sol como a Dios, sobre todo los rústicos, ofreciéndole de mañana reverentemente sus oraciones y adorándolo. Pues el mismo Obispo de Lausana vino tras dos o tres jornadas de camino, y humildemente me pidió de corazón que visitase su diócesis, donde hay muchos valles de herejes, especialmente en los confines de Alemania y Saboya, y le prometí que iría. He sabido que los herejes de aquellos valles son demasiado temerarios y atrevidos, pero confiado de la acostumbrada misericordia de Dios, tengo intención de estar allí y predicar esta próxima Cuaresma. Como fuere la voluntad del cielo, así se haga.

Mi compañero fray Antonio, y yo con él, nos encomendamos humildemente a Vuestra Paternidad Reverendísima, a quien el hijo de la Virgen conserve aún mucho tiempo para ejemplo y custodia de la santa regular observancia. Amén.

Por último firmo con mi mano en el lugar señalado en la ciudad de Ginebra, a diez y siete de diciembre, año de mil cuatrocientos y tres.

Inútil siervo de Cristo y humilde hijo vuestro

Fray Vicente, predicador.