(Traducción de A.Esponera Cerdán del publicado en Sermonario de San Vicente Ferrer del Real Colegio-Seminario de Corpus Christi de Valencia. Estudio y trascripción latina de F.M.Gimeno Blay y MªL.Mandingorra Llavata. Valencia 2002, 393-397)

He aquí que había en la ciudad una mujer pecadora: estas palabras en su original aparecen en Lucas (7,37) y han sido recitadas en el Evangelio de hoy. Así como todo el Oficio Divino de la Iglesia es de Santa María Magdalena, de la misma forma toda nuestra predicación versará sobre ella. Y creo que, si agrada a Dios, será buena materia para todos. Y por eso recurramos a la Abogada de todos diciendo: Ave María….

Pensando en la vida de Santa Magdalena, he encontrado en su vida que tuvo cinco características: primera, vida viciosa; segunda, conversión virtuosa; tercera, perfección graciosa; cuarta, predicación fructuosa; quinta, contemplación gloriosa.

Estas son las cinco características que tuvo Santa Magdalena en toda su vida y en cualquiera de ellas tendremos buenas enseñanzas para todos. Y por esto dice el tema: He aquí que había una mujer...

En cuanto a la primera, vida viciosa. Esta característica la tuvo Santa María Magdalena por la carnalidad lujuriosa que llevó. La razón es que por las tribulaciones, por las angustias y por la pobreza se acercan algunos a Dios. Y por esto dice San Gregorio: “Los males que nos oprimen nos impulsan a ir a Dios”. Y concuerda con la autoridad de Isaías (Is 26, 16): Señor, en la aflicción te buscaron. En cambio las prosperidades, las delicias y las riquezas hacen alejarse de Dios y olvidarlo, como se dice en el Deuteronomio (Dt 32,15): El predilecto engordó y tiró coces. Y despreció al Dios de su salvación. Y así sucedió a Santa Magdalena pues, cuando no tenía prosperidad sino tribulaciones y angustias, era devota de Dios; pero después, cuando tuvo prosperidad y riquezas, dejó la devoción y se olvidó de Dios. Y es que ella era hija de padres nobles, muy ricos. Y, mientras vivieron, porque seguía estrictamente sus enseñanzas, fue devota de Dios; pero una vez muertos, dejó la devoción porque se quedó como dueña y poderosa por las riquezas, y tuvo oportunidad de pecar y pecó, como se cuenta en su Vida.

Pero ahora debemos preguntarnos: ¿por qué Santa Marta fue y vivió siempre como virgen y Santa Magdalena en la lujuria, siendo hermanas de los mismos padres? Se puede afirmar que, como dice San Ambrosio, tenía flujo de la sangre, de lo que habla Mateo (cf. Mt 9,20). Y la enfermedad del flujo de la sangre hace a la persona deforme, esto es, amarillenta y maloliente, y por eso los escuderos y soldados no se fijaban en ella sino en su hermana y por eso esta erró. De ello se deduce que bendita es la enfermedad por la que se guarda la castidad, como se dice en Eclesiástico (Si 31, 2): Una enfermedad grave hace sobria al alma. Y concuerda con San Pablo (2Co 12,9-10): Porque la virtud se perfecciona en las enfermedades... pues cuando enfermo soy poderoso, esto es, para guardar la castidad.

En cuanto a la segunda característica, conversión virtuosa. Esta conversión fue hecha por las predicaciones de Cristo, que entonces predicaba por el mundo. Así lo dice su Historia. Pero veamos ahora cómo ocurrió. Afirma, según el Evangelio de hoy, que, como hubiese oído que Cristo predicaba, se acercó a dicha predicación, no por devoción sino para que la viesen los hombres. Y, al verla Cristo, predicó contra la lujuria y las palabras de Cristo tocaron sus oídos y también su corazón, lo que también puede ocurrir a otro predicador, pues de Jesús dice San Agustín: “Tiene su sede en el cielo el que enseña los corazones”, y San Gregorio: “En vano trabaja la lengua del predicador si por dentro no fue la lengua del Salvador”. Y así Santa Magdalena tuvo contrición y conocimiento de sus pecados y lloraba.

Y, al enterarse de que Cristo había sido invitado en la casa de Simón, se acercó a él con un ungüento como dice el texto del Evangelio (cf. Lc 7,37).

Y ahora –en relación con lo que debéis hacer u obrar- tomad ejemplo para convertiros como hizo Santa Magdalena, pues, tras haber pecado por el corazón pensando en vanidades, se lo rompía llorando y teniendo contrición; asimismo había pecado por los labios y besaba los pies de Cristo; también había pecado por los ojos y los tenía inclinados en tierra; por eso dice San Gregorio: “Lo que tuvo en sí… lo ofreció en sacrificio”. Y por eso vosotros, si habéis cometido pecados, haced la penitencia contraria, pues, si habéis pecado por soberbia, humillaos en la oración; si habéis pecado por la boca, daos en la boca; si por las manos, apretadlas en la oración; si por el cuerpo con la lujuria, postraos en tierra o sobre madera, o con derramamiento de sangre disciplinándoos y derramando su sangre, etc. Como se dice en Lucas (Lc 3,8): Haced dignos frutos de penitencia; y son frutos dignos cuando la penitencia es contraria a los pecados.

La tercera característica es la perfección graciosa. La tuvo porque no hizo como muchas mujeres que en seguida vuelven al pecado, porque nunca miraba a los hombres a la cara por haber pecado con ellos. Y seguía en el grupo de Cristo, como dice Lucas (Lc 8,2): Seguían a Jesús y le servían con sus bienes. Pero después, al subir Cristo a los Cielos, vendió todo lo que tenía para conseguir la perfección de vida, de la que se dice en Mateo (Mt 19,21): Si quieres ser perfecto… Y dio todo a los Apóstoles porque no podía encontrar a nadie más pobre que a ellos. Y vivía de sus manos hilando lana en el torno y en el huso, como se dice en Proverbios (Pr 31,13-27): Ella se procura lana y lino y hace las labores... y no come su pan de balde. Y por eso tomad ejemplo de ella, hijas mías, como dice Proverbios (Pr 31,29-31): Muchas hijas han hecho proezas... la mujer que teme al Señor será alabada... y alábenle en las puertas sus obras.

La cuarta característica, la predicación fructuosa, se refiere a que oculta por Jerusalén por causa de los judíos predicaba y convertía a muchos a la fe católica. Y los judíos trataban de matarle pero no se atrevían porque era de familia importante. Sin embargo consiguieron ponerla en una barca con su hermana y otras mujeres, sin alimento ni provisiones, para que muriesen. Y por la gracia de Dios en poco tiempo llegaron a la ciudad de Marsella. Permanecieron allí por tres días porque no eran recibidas; sin embargo por la gracia de Dios y mediante sus predicaciones fueron recibidas en algunas casas y convirtió toda la Provenza. Y por eso pueden decirse de ellas las palabras del libro de la Sabiduría (Sb 8, 4): Porque está en los secretos de la ciencia [de Dios], y es directora de sus obras.

Pero ahora debemos preguntarnos: ¿por qué Santa Magdalena, que era mujer, convertía a gentes infieles y nosotros no podemos convertir a los malos cristianos?

Respondo que porque la predicación de Santa Magdalena tenía tres cosas: doctrina celestial, vida espiritual y obra divinal; pues dice Jeremías (Jr 23, 28-29): El que proponga fielmente mi palabra... ¿No es mi palabra como fuego... como martillo que tritura la roca? Pero nuestra predicación no tiene estas tres cosas, porque: no es doctrina celestial sino terrenal, que suena a los oídos con cadencia como Virgilio y Ovidio; ni vida espiritual, que es el sello de la predicación; ni obra divinal porque no hacemos milagros como Santa Magdalena, sino que hacemos falsos milagros, esto es, escándalos, como es por ejemplo conocer lujuriosamente. Y por eso decía San Pablo en Romanos (Ro 15, 18 y ss.): No me atreveré a hablar de cosa que Cristo no haya obrado por mí para la conversión de los gentiles.

En cuanto a la quinta característica, la contemplación gloriosa, hay que señalar que dejó el oficio de predicar por la ley y la prohibición que hizo el Bienaventurado Apóstol según su primera a Timoteo (1Tm 2,12): No consiento que la mujer enseñe... sino que se mantenga en silencio. Y pidió a Dios que le revelase un lugar donde pudiese llevar vida contemplativa. Y Dios le envió ángeles que la llevaron al lugar elevado de la Balma, y allí permaneció treinta y dos años sin beber ni comer nada corporal y sin ver a ninguna criatura de este mundo; y mientras su vestido se destruía, sus cabellos le crecían sirviéndole de vestido. Y diré lo que dice su Historia: que los ángeles se le aparecían y los veía corporalmente en las siete Horas Canónicas. Los ángeles cantaban y recibía de ellos durante las siete Horas alimento espiritual. [...]

Por esta contemplación gloriosa llegó a la contemplación gloriosa del Paraíso, pues los ángeles le anunciaron qué día subirían con ella a la Gloria. Y entonces dijo que la llevasen a San Maximino porque primero quería recibir el Cuerpo de Cristo, acordándose de la predicación que había hecho Cristo, en la que dijo: En verdad, en verdad os digo que, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros (Jn 6,53). Y, después de comulgar, en seguida entregó el espíritu. Y los ángeles la llevaron al Cielo.